martes, 18 de agosto de 2026

El estudiante de Praga





Título original: Der student von Prag
Año: 1913
Duración: 85 min.
País: Alemania
Dirección: Stellan Rye y Paul Wegener
Guion: Hanns Heinz Ewers y Alfred de Musset
Música: Josef Weiss
Fotografía: Guido Seeber
Reparto:
Paul Wegener, Grete Berger, Lyda Salmonova, John Gottowt...


Praga, siglo XIX. Balduin (Paul Wegener) es un estudiante brillante y un hábil espadachín que arrastra una vida miserable debido a su extrema pobreza. Su suerte parece cambiar cuando rescata de morir ahogada a la hermosa condesa Margit von Schwarzenberg (Grete Berger), de quien se enamora perdidamente.


Consciente de que su nulo estatus social le impide cortejar a una aristócrata, Balduin cae en la desesperación. En ese momento aparece Scapinelli (John Gottowt), un misterioso y siniestro anciano de tintes diabólicos que le ofrece una inmensa fortuna en monedas de oro.


A cambio, el anciano solo le pide una condición: poder llevarse de la habitación del estudiante cualquier objeto que elija. Balduin acepta el pacto Fausto y, para su horror, Scapinelli decide llevarse el propio reflejo del joven atrapado en el espejo.


Aunque el estudiante usa su nueva riqueza para escalar socialmente y conquistar a la condesa, su reflejo cobra vida propia bajo las órdenes de Scapinelli, persiguiéndolo por la ciudad como un Doppelgänger siniestro decidido a arruinar su cordura y su vida.




El estudiante de Praga es una película que vista en la actualidad te obliga a hacer un pequeño viaje en el tiempo para entender hasta qué punto algunas de sus imágenes debieron de resultar sorprendentes en 1913. Estamos ante una historia pionera dentro del cine de terror, con una atmósfera oscura y extraña que ya deja entrever caminos que, años después, recorrería el expresionismo alemán.
La historia gira alrededor de Balduin, un estudiante que acepta un pacto que terminará cambiando su vida de la forma más inquietante. La idea del doble, de enfrentarse a una parte de uno mismo que parece haber cobrado vida, resulta muy atractiva y tiene algo perturbador incluso más de un siglo después, pero si hay algo que me llama especialmente la atención, es la manera en la que la película consigue mostrar a Paul Wegener frente a su propio doble.
Guido Seeber, director de fotografía, utilizó el recurso de la doble exposición para hacer posible que ambos aparecieran en una misma escena. Hoy estamos acostumbradas a ver todo tipo de efectos en el cine pero pensando en que esto se hizo en 1913, el resultado tiene muchísimo mérito.
La historia en sí es sencilla, pero precisamente ahí está también parte de su encanto. También ayudan muchísimo los lugares escogidos para contar la historia… hay una ambientación gótica, heredera de esos relatos de misterio y terror del siglo XIX, que le sienta perfectamente a la película. El cementerio, las calles, los espacios sombríos… todo contribuye a crear esa sensación de pesadilla que va creciendo poco a poco y la escena en la que Margit busca a Balduin en el cementerio es, para mí, una de las que mejores.
Eso sí, tengo que reconocer que también hay algún momento que me resulta desconcertante divertido a partes iguales y es con la actriz que persigue constantemente al protagonista y trata de esconderse de él, que tiene una manera de hacerlo bastante peculiar, por no decir inocente, por ser amable y decirlo suavemente… entiendo que son esas cosas del cine de esa época que también forma parte de su encanto.
El estudiante de Praga puede tener una historia sencilla y algunos gestos interpretativos que hoy nos resultan lejanos, pero hay que mirarla también teniendo en cuenta el momento en el que fue realizada y desde ahí, resulta realmente admirable. La imaginación puesta al servicio de esos trucos visuales, la presencia del doble y toda esa atmósfera oscura convierten la película en una obra muy especial dentro de la historia del cine.
Más de cien años después, sigue teniendo imágenes capaces de llamar la atención y aunque quizá sus efectos parezcan ingenuos comparados con los de ahora, detrás de ellos hay una imaginación enorme y unas ganas de explorar lo imposible delante de nuestros ojos.
Acercarse hoy a El estudiante de Praga es hacer un ejercicio de arqueología cinéfila con sus exageraciones gestuales y su entrañable inocencia y ese reflejo maldito atrapado en el celuloide por Guido Seeber que sigue proyectando una sombra alargada e inquietante que cruza los siglos. Puede que los trucos visuales revelen sus costuras ante nuestros ojos modernos, pero la angustia existencial de Balduin frente a su doble conserva intacta su fuerza universal. Es el nacimiento del terror psicológico en la gran pantalla… una película que no solo inventó las pesadillas que poblarían el cine posterior, sino que nos enseñó que el monstruo más terrorífico no se esconde debajo de la cama, sino dentro de nuestro propio espejo.




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