domingo, 26 de julio de 2026

Salida de los obreros de la fábrica Lumière





Título original: La sortie des usines Lumière
Año: 1895
Duración: 1 min.
País: Francia
Dirección: Louis Lumière
Fotografía: Louis Lumière


El argumento es de una sencillez absoluta y puramente testimonial: registra de manera fidedigna el momento exacto en que las puertas de la factoría fotográfica Lumière, situada en el barrio de Monplaisir en Lyon (Francia), se abren de par en par al mediodía para dar por terminada la jornada laboral.


Durante los escasos segundos que dura la filmación, una multitud compuesta por decenas de trabajadores, en su gran mayoría mujeres vestidas con largos vestidos y sombreros de la época, seguidas por hombres con trajes obreros y algunos capataces, desfilan apresuradamente saliendo del recinto hacia los lados de la pantalla.





Cada vez que vuelvo a ver la Salida de los obreros de la fábrica Lumière, no veo delante de mí únicamente a un grupo de personas abandonando su trabajo al terminar la jornada, sino que aparece el instante en el que el cine comenzó a caminar por primera vez.
La propuesta no puede ser más sencilla... las puertas de la fábrica Lumière, en Lyon, se abren y los trabajadores y trabajadoras salen al exterior con la naturalidad de quien termina un día cualquiera. No hay personajes inventados, ni intérpretes, ni una historia escrita de antemano... son personas reales viviendo un momento cotidiano que, sin saberlo, acabaría convirtiéndose en uno de los fragmentos más importantes de la historia de la cultura y precisamente ahí reside toda su grandeza ya que lo que hoy puede parecer una imagen corriente fue, en su momento, una auténtica revolución. Aquella breve grabación consiguió algo que hasta entonces parecía imposible... atrapar un pedazo de la vida y conservarlo para siempre.
Mientras observo a esas personas cruzar la puerta de la fábrica, me gusta imaginar que entre ellas también avanzan, invisibles, todos los sueños que el cine nos regalaría después. Entre esos pasos casi puedo imaginar el bastón de Charles Chaplin, la intensidad de Greta Garbo, la mirada de Mastroianni, el universo de Federico Fellini, la energía de Pedro Almodóvar, la presencia de Katharine Hepburn, el talento de Meryl Streep, la fuerza de Anthony Hopkins, la elegancia de Audrey Hepburn, el inconformismo de Jane Campion, la creatividad de Guillermo del Toro o el sombrero de Sergio Leone esperando su momento... todos ellos, y miles de nombres más, nacieron simbólicamente en ese mismo instante.
Aquel pequeño milagro abrió una puerta que nunca más volvería a cerrarse y de esas imágenes también surgieron las historias que nos han emocionado durante más de un siglo... relatos inspirados en hechos reales, ficciones inolvidables, comedias capaces de hacernos reír, dramas que nos rompieron el corazón, aventuras, wésterns, musicales, documentales y tantos otros géneros que han llenado las pantallas de emociones. Detrás de todo ello han estado generaciones de directoras y directores, guionistas, productoras y productores, actrices, actores, técnicas, técnicos, especialistas, figurantes y un sinfín de personas que han convertido el cine en un lenguaje universal.
Cada vez que una película consigue emocionarme, hacerme reflexionar o acompañarme durante unas horas, siento que sigue latiendo aquella primera chispa nacida frente a una fábrica de Lyon, por eso este cortometraje significa mucho más que un documento histórico... es el primer latido de un arte que ha aprendido a hacernos reír, llorar, imaginar y comprender un poco mejor el mundo y a quienes lo habitamos. Todo empezó con unas puertas abriéndose y unas personas regresando a casa... nadie podía sospechar que, junto a ellas, también estaban saliendo millones de historias que todavía hoy continúan escribiéndose. Más de un siglo después, la magia sigue intacta.





Harakiri





Título original: Seppuku (Harakiri)
Año: 1962
Duración: 133 min.
País: Japón
Dirección: Masaki Kobayashi
Guion: Shinobu Hashimoto
Música: Tôru Takemitsu
Fotografía: Yoshio Miyajima
Reparto:
Tatsuya Nakadai, Rentarô Mikuni, Akira Ishihama, Shima Iwashita, Tetsurô Tanba, Masao Mishima, Ichirô Nakatani, Kei Sato, Yoshio Inaba, Hisashi Igawa, Tatsuo Matsumura...

Japón, 1630. Hanshirō Tsugumo (Tatsuya Nakadai), un veterano rōnin (un samurái sin amo) empobrecido tras la abolición de su clan, se presenta en la residencia del poderoso clan Iyi. Su petición es solemne: solicita un lugar honorable en su patio para cometer el seppuku (suicidio ritual).


Para disuadirlo, el consejero del clan, Kageyu Saitō (Rentarô Mikuni), le relata una advertencia: meses atrás, otro joven rōnin llamado Motome Chijiiwa (Akira Ishihama) llegó con la misma solicitud, una estrategia desesperada muy común en la época para inspirar lástima y conseguir algunas monedas.


Sin embargo, para dar ejemplo ante los "faroleros del suicidio", el clan Iyi forzó despiadadamente al joven a cumplir su palabra, obligándolo a rajarse el abdomen de la manera más dolorosa posible utilizando su propia espada, la cual resultó ser de bambú porque había tenido que vender el metal para alimentar a su familia enferma.


Lejos de acobardarse, Hanshirō insiste en continuar, pero pide un último deseo antes de morir: relatar los acontecimientos que lo llevaron a tomar esa trágica decisión.




Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes 1963
Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes 1963




Hay películas que cuestionan todo aquello que durante años se ha dado por incuestionable y Harakiri es una de ellas. Lo que comienza con la llegada de un samurái a un castillo para solicitar permiso para quitarse la vida siguiendo el ritual tradicional acaba convirtiéndose en un relato devastador sobre la injusticia, el poder y el verdadero significado del honor.
La historia nos traslada al Japón del siglo XVII, después de la caída de un importante clan, dejando a miles de samuráis sin señor y condenados a la pobreza. En ese contexto aparece Tsugumo, un hombre que pide realizar el harakiri en el castillo del clan Ii.
Impresiona la forma en que la película desmonta la imagen idealizada del código de honor samurái. La película plantea preguntas con una enorme inteligencia y demuestra que muchas veces las normas solo sirven para proteger el prestigio de quienes tienen el poder, mientras condenan a quienes más necesitan comprensión.
Masaki Kobayashi construye una historia profundamente triste, marcada por la pérdida, la pobreza y la desesperación, pero también por la dignidad de un hombre que decide enfrentarse a un sistema basado en la apariencia y la hipocresía. No busca glorificar a los samuráis, sino mostrar sus contradicciones y denunciar unas reglas que convierten a las personas en prisioneras de una idea vacía del honor.
Tatsuya Nakadai realiza una interpretación extraordinaria pero también me fascinó el enorme cuidado con el que Kobayashi construye cada secuencia. La composición de las imágenes, la fotografía y la forma en la que utiliza los espacios son impresionantes y todo está al servicio de una historia que nunca pierde su intensidad y que consigue mantener la tensión hasta el último momento.
Harakiri no es únicamente una película sobre samuráis... es una reflexión sobre la dignidad, la humillación, la desigualdad y una crítica  a la doble moral y a las estructuras que sostienen el poder bajo la apariencia del honor.
Ver una película de Masaki Kobayashi es quedar completamente impresionada y con esta película firmó una obra de una enorme fuerza emocional con la que te invita a pensar. Para mí, es una de las grandes obras maestras del cine japonés y una de esas películas que te recuerdan por qué el cine también puede convertirse en una poderosa herramienta para cuestionar el mundo que nos rodea.





Laberinto en llamas





Título original: The Lost Bus
Año: 2025
Duración: 129 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Paul Greengrass
Guion: Brad Ingelsby y Paul Greengrass
Fotografía: Pål Ulvik Rokseth  


El pánico se desata en la pequeña localidad de Paradise cuando un devastador e incontrolable incendio forestal comienza a rodear la zona a una velocidad aterradora. En medio del caos de la evacuación, 22 niños de una escuela primaria se quedan completamente desamparados y atrapados debido a que sus familiares no logran llegar a tiempo a por ellos antes de que las llamas bloqueen las carreteras.

La responsabilidad de salvarlos recae sobre Kevin McKay (Matthew McConaughey), un conductor de autobús escolar sumido en serios problemas personales, y Mary Ludwig (America Ferrera), una comprometida maestra de educación infantil.


Juntos inician un angustioso y claustrofóbico viaje a contrarreloj a bordo del autobús, adentrándose en carreteras completamente oscurecidas por el humo espeso, cercadas por lenguas de fuego e invadidas por el viento, con la misión desesperada de guiar a los pequeños hacia un lugar seguro en medio de un auténtico infierno terrenal.





Hay películas que no solo te cuentan una historia, sino que consiguen hacerte sentir dentro de ella y eso me pasa con Laberinto en llamas, dirigida por Paul Greengrass y basada en el libro de investigación Paradise: One Town's Struggle to Survive an American Wildfire de la periodista Lizzie Johnson, que reconstruye el devastador incendio que arrasó Paradise, en California, en 2018, una de las mayores tragedias provocadas por el fuego en la historia reciente de Estados Unidos.
Paul Greengrass vuelve a demostrar que tiene una forma muy personal de contar este tipo de historias... su manera de rodar hace que la tensión esté presente durante toda la película.
La historia gira alrededor de un conductor de autobús escolar que cuando el incendio comienza a extenderse sin control, se ve obligado a intentar sacar de allí a una maestra y a veintidós niños... no necesita complicarse mucho para mantener el interés porque el verdadero enemigo ya está presente desde el primer minuto y Matthew McConaughey sostiene practicamente todo el peso de la historia con una interpretación muy buena.
Durante sus poco más de dos horas de duración apenas hay momentos para poder relajarte... la tensión permanece constante y el calor parece atravesar la pantalla y casi puedes sentir la sensación de asfixia, el humo envolviéndolo todo y el avance imparable de unas llamas que no dan tregua.
El sonido merece una mención especial... el crujido de los árboles al romperse, el viento empujando el fuego, la ceniza golpeando la carrocería del autobús o el silencio que aparece entre explosiones consiguen transmitir una inquietud constante.
No creo que sea una obra maestra pero tengo que decir que sí me parece un relato muy eficaz que logra mantener la tensión de principio a fin y que funciona gracias a la humanidad de sus personajes y a la forma en la que consigue que el espectador comparta su miedo.
Mientras la veía, me resultaba imposible no pensar en lo que estamos viviendo también aquí... en este verano en el que volvemos a contemplar incendios que arrasan bosques, pueblos y montañas. Igual que ocurrió el verano pasado y tantos otros anteriores y que, por desgracia, todo hace pensar que seguiremos viendo imágenes parecidas en los próximos años si la prevención continúa siendo la gran olvidada.
Cada verano aplaudimos el trabajo heroico de los bomberos forestales cuando se juegan la vida entre las llamas, sin embargo, cuando termina la temporada de calor (que cada vez dura,más) otra vez vuelve la precariedad, los contratos temporales y la falta de recursos. Los incendios no empiezan en junio, empiezan mucho antes, cuando durante meses no se invierte lo suficiente en limpiar los montes, en mantener los bosques, en planificar, en formar equipos estables y en ofrecer salarios dignos a quienes dedican su vida a proteger nuestro patrimonio natural y en protegernos a nosotros.
Tendríamos que preguntarnos qué es realmente prioritario, porque mientras siguen apareciendo partidas presupuestarias para gastos completamente prescindibles, para comidas institucionales en los Ventorros de turno o para nuevas compras de áticos, la inversión en prevención continúa siendo insuficiente... y la prevención siempre será mucho más barata —y, sobre todo, mucho más humana— que lamentar después vidas pérdidas, hogares reducidos a cenizas y miles de hectáreas convertidas en un paisaje negro y silencioso.
Laberinto en llamas creo que no pretende dejarte impresionada por la espectacularidad del fuego, lo que busca es mostrarnos que los verdaderos héroes no llevan capa ni poseen poderes extraordinarios... son personas corrientes que, cuando todo se derrumba a su alrededor, hacen lo imposible por salvar la vida de los demás. Ojalá no hicieran falta más películas como esta para recordar que, frente a los incendios, la mejor herramienta siempre será la prevención.
Cuando los créditos comienzan a rodar y el humo parece disiparse, la película nos deja una llamada de atención desesperada frente a la desidia institucional. Al final, el rugido del fuego en Paradise es el mismo que devora nuestros montes ante la pasividad de una gestión política que prefiere el gasto superfluo y el aplauso tardío antes que la inversión real en prevención y en condiciones dignas para nuestros bomberos.